3 abril, 2020

Pichis, planchas, ñieris & cía.

Por Miguel Manzi

La civilización es la lucha del hombre contra la naturaleza (el problema actual es que, después de un millón de años de derrotas, ahora «peligramos ganar»). El epítome de la civilización, el non plus ultra,  es la ciudad. La civilización son los hombres y mujeres interactuando, intercambiando, colaborando, inspirándose unos a otros; y el espacio privilegiado para la interacción es la ciudad. Juntos y a salvo. La ciudad se define por oposición al campo (a la naturaleza), y a los otros. Es la empalizada, el muro, las murallas, para defenderse de los leones, los osos, y otros hombres (de nuevo: su naturaleza). Bueno, así era antes. Hoy levantamos murallas (reales o virtuales) adentro de la ciudad, para defendernos de los ñieris, los pichis, los planchas, los otros con los que nos vemos obligados a compartir el espacio urbano. No son los tradicionales «pobres», ni el lumpen marxista. No voy a ensayar su caracterización aquí, sino que me remito, más que al saber, al sentir convencional: son los que no reconocemos como conciudadanos, los que nos dan miedo, con los que no queremos interactuar. Por grosera extensión, todos son marginales y potenciales delincuentes. De ellos nos defendemos con servicios de seguridad y juntándonos en barrios, lugares de recreo, medios de transporte, con resultados muy mediocres: ellos avanzan. No son las masas de Ortega y Gasset: aquellas tomaban a las élites como grupos de referencia y querían compartir sus privilegios. Estos más bien son los bárbaros de Alarico: no se quieren parecer a los romanos, hacen alarde de su condición, afean, vulgarizan, depredan. Y sí: después de la beneficencia de parroquia, de la compasión activa, y del compromiso social, un día se despierta el gorila que creíamos recluido en la espesura de la naturaleza, y empezamos a escuchar «hay que matarlos a todos».

NO SE PUEDE

Los indicadores macro no pueden ocultar la realidad: «ellos» están ahí; nos miramos con recelo preñado de agresividad, dejamos de ser una comunidad más o menos homogénea, se acabó «el país de las cercanías»; y no es excusa que «en todos lados» pasa lo mismo (ni siquiera es verdad). Pero así no se puede vivir; no es sensato ni es decente. Por este camino nos alejamos de todo cuanto nos distinguió como sociedad, y nos acercamos a ejemplos despreciables. La profundidad del problema será cultural, pero su abordaje es naturalmente político. Y, desde que se expresa con mayor virulencia en los espacios urbanos, no es materia exclusiva de la política nacional: la política local, qué duda cabe, también tiene lo que decir y lo que hacer para recomponer el entramado humano que da forma a La Ciudad. La idea fuerza es «convivencia», sobre cuyo eje se ordenan las competencias y tareas departamentales y municipales. No alcanza con un fondo capital, ni con mejorar la gestión, ni con eslóganes participativos y solidarios: lo que manda es una política sólidamente incorporada en el gobierno departamental, al servicio de la cual se pone lo otro (instrumental, adjetivo). Limpieza, calles, transporte, alumbrado, seguridad, sí; gestión, claro; pero orientados por la política de convivencia. Esta política ciudadana no es mía ni es nueva; el Frente la cambió por el ejercicio del poder, pero vuelve a estar sobre la mesa: libros se publican y reeditan en el mundo; un par de enjundiosos trabajos nacionales se dieron a conocer solo en el pasado semestre relacionados a esta perspectiva, que espero glosar en notas venideras.

«¿CÓMO LLEGAMOS A ESTO?»

El otro día leí una columna de Luis Prados (periodista español) con este título, en la que recordaba «la pasmosa facilidad con que se puede romper todo un sistema de referencias compartidas». Dice ahí Prados, editado a mi entera conveniencia: será trabajo de los historiadores explicar qué falló (debo enterrar mi resentimiento con Mujica, Vázquez, y los 25 años de intendencia frenteamplista). Pero es responsabilidad de la actual dirigencia política renovar, teniendo en cuenta la líquida y borrosa nueva realidad social, el imperio de la ley, la igualdad de oportunidades, el Estado de bienestar y las libertades de las que hemos disfrutado desde que recobramos la democracia. Termino yo: así sea; acabemos con los ñieris, que ponen en cuestión todo aquello: reintegremos, renovemos la convivencia en Montevideo.

(Recomiendo buscar imágenes de la favela de Morumbí, San Pablo: sus límites son el emblema de las murallas interiores, que separan las aguas servidas de sus calles, de las aguas cloradas de las piscinas al otro lado).

 

Columna publicada en Montevideo Portal.

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