23 octubre, 2018

Brexit: una victoria de nacionalismo

Por Santiago Acosta

“La salida del Reino Unido de la Unión Europea representa un daño terrible para el mayor proyecto político de llevar a la práctica los principios de libertad e igualdad y un franco retroceso en el avance hacia un mundo cada vez más integrado.Tal resultado es a todas luces negativo para los intereses del RU en todo terreno pragmático: económico, diplomático y hasta de convivencia interna dentro de ese Estado. Solo promete recesión, menor crecimiento, menor relevancia política internacional y complicaciones para mantener su misma unidad como entidad política. El consenso al respecto de lo anterior es bastante extenso entre académicos, expertos y empresarios de todas las escalas.

El deseo de salir de la UE está, por lo tanto, es motivado primariamente por la imperecedera maldición de ese pensamiento tribal y visceral que destila todas las peores miserias humanas: el nacionalismo. Nacionalismo puro, no ligado a nada más que sus propias maquinaciones místicas y su irracional sentimiento de conexión fantasmagórica con el terruño, la raza y los espíritus de los ancestros.

La UE es el proyecto más espectacular de reconocimiento del hecho de que todos los hombres son iguales sin importar sus orígenes étnicos y nacionales ni sus contextos culturales, que pueden aprender a convivir y prosperar juntos bajo las mismas reglas basadas en la libertad. Una noción bastante obvia que por casi toda la historia fue negada por embrujo del sentimiento de pertenencia a la tribu, de lealtad al nexo de sangre o al pedazo de tierra y del recelo hacia el distinto, y las diversas formas en que estos se buscan blanquear y barnizar de talante “intelectual”.

La UE, poniendo todo aquello de lado, surge de la federación de diferentes estados-naciones, cada uno con una larga historia y tradición propias y únicas, claramente diferenciados de los demás, que, aunque compartan muchas características culturales, tienen diferencias importantes y se han intentado someter, humillar y aniquilar mutuamente entre ellos varias veces, incluidos los dos conflictos bélicos más grandes de toda la historia, terminando apenas hace algunas décadas.

Demás está decir que la UE no es perfecta, es monstruosamente burocrática, impone un montón de puntillosas regulaciones sin sentido que generan costos considerables, gasta inconmensurables cantidades de recursos en absurdos como el subsidio a la agricultura, tiene fuertes barreras no arancelarias que dificultan el acceso a ese mercado, sus órganos de decisión son muy distantes del ciudadano, existe cierto cruce de mutuas imposiciones entre habitantes de partes lejanas de la unión, la Euro-zona es un desastre (pero no viene al caso porque el RU no la integra). Pero la integración de todos sus miembros es un enorme mercado común (el grande del mundo) con libre flujo de bienes, servicios, capitales y personas, a su vez enriquecido por una densa red de provechosos acuerdos extra bloque de variado alcance, hace que los beneficios superen ampliamente las desventajas.

En el concierto mundial de naciones, los países miembros ganan muchísimo en influencia siendo parte del bloque. Esto lo ha puesto de manifiesto la aplicación de sanciones a Rusia por invadir Crimea o el pacto con Irán. En un mundo crecientemente multilateral Europa solo puede tener influencia decisiva como bloque, lo cual es crucial a la hora de defender y promover los valores occidentales. El RU es la segunda economía y la primera o segunda potencial militar de Europa (según criterio), por lo que la UE tiene mucho que perder con su retirada, especialmente si ese precedente sirve de empujón para la creciente extrema derecha europea.

Por su parte, el crecimiento del RU depende en enorme de medida de sus exportaciones hacia e importaciones desde la UE (principal origen de estas y destino de aquellas), de la inversión en capital recibida (principal destinatario dentro de la unión), del estatus de Londres de capital financiera de la UE (dependiente en gran medida de integrarla), del aporte de la población inmigrante europea (mayor porcentaje de estudios terciarios que entre nativos, y también importante aporte de mano de obra poco calificada), de los mercados globales abiertos gracias a las negociaciones como bloque. Para mantener el acceso a este mercado tan integrado, aún sin ser miembros de la UE, los países europeos deben seguir contribuyendo prácticamente lo mismo al presupuesto comunitario, cumplir con la mayoría de las regulaciones decididas exclusivamente por los miembros de la UE y aceptar la libre circulación de ciudadanos de la UE. La inmigración de no-europeos, principal preocupación de los xenófobos, nacionalistas y de quienes no comprenden que la libre movilidad de mano de obra es tan provechosa para las economías, y por las mismas razones, que la libre movilidad de capitales, no tiene nada que ver con la integración de la UE. Independientemente del resultado del pasado jueves los inmigrantes no-europeos seguirán llegando a la frontera del RU y tendrán que seguir pensando en tal “problema”. La que puede verse comprometida es la situación de los inmigrantes europeos, los cuales, además, son contribuyentes netos al fisco británico.

Cuanto más completa la integración económica entre el mayor número posible de personas y comunidades, más riqueza se genera y más pueden todos crecer y prosperar. Esa mutua potenciación colectiva genera una interdependencia que es positiva, y pone de manifiesto cuán equivocados están los nacionalistas de cualquier parte. Tal integración económica implica cierta integración política, asumir compromisos supranacionales con miras hacia plazos lo suficientemente largos, a fin de poder compartir un mínimo marco común de reglas de juego que permitan que la cancha donde todos juegan crezca, para beneficio de todos. Esta es la mayor garantía de paz duradera que puede existir y la solución más efectiva contra la pobreza y las injusticias sociales a escala verdaderamente global, así como el mejor antídoto contra el veneno del racismo y la xenofobia, hoy parcialmente disfrazados bajo el discurso de las “diferencias culturales”. Asumir compromisos de ninguna manera implica, por otro lado, una renuncia a la soberanía de los países. Bajo este exagerado argumento cualquier alianza militar o compromiso internacional de velar por los DDHH constituiría una “afrenta a la independencia nacional”.

El mismo Nigel Farage, principal promotor del “Brexit”  dijo en su discurso de celebración, que la victoria de la salida se debió a “lo que la inmigración masiva como resultado de la membresía de la UE” le ha hecho a las comunidades británicas, y a la “lejanía de los políticos de las preocupaciones de las comunidades locales”, que la suya fue una victoria contra las empresas internacionales y los “big politicians”, al tiempo que reivindicaba el concepto de “nación”. Esto ratifica que toda su cruzada estuvo impulsada por meras pasiones localistas y xenófobas y por la creciente desconfianza en la democracia liberal que empuja a muchos a sumarse a movimientos populistas aislacionistas como este. Si sumamos a esto otros hechos tales como la oleada de vandalismo y violencia verbal contra comunidades polacas en el RU después del referéndum (citándolo explícitamente), el creciente euro-escepticismo en toda la UE (en especial en Francia, los Países Bajos, Dinamarca e Italia), el crecimiento del apoyo a la extrema derecha nacionalista en Europa (más notablemente en Francia, Dinamarca y Austria), el ascenso de Trump en EEUU, la creciente actitud proteccionista tanto de EEUU como de la UE y la posibilidad de que el Brexit sea exitosamente emulado por otros países europeos, se podría llegar a obtener un cocktail con ligero aroma a 1930, con los importantes desafíos para la democracia liberal y para las sociedades abiertas y cosmopolitas que ello implica.”

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