1 marzo, 2024

Diplomacia de barrabrava

La crisis en que está envuelto el MERCOSUR a raíz del traspaso de su presidencia de Uruguay a Venezuela, deja en evidencia, entre otras cosas, el nivel general de las cancillerías del bloque, que vienen actuando en la ocasión con amateurismo y prepotencia. En efecto, el ámbito de la diplomacia, y muy especialmente en circunstancias de conflicto, es la discreción, la sobriedad, la reserva, ajena a las patoteadas tribuneras que exacerban los ánimos guerreros de las naciones, cuando de lo que se trata es de encontrar caminos de entendimiento. Justo al revés de lo que pasa en el Mercosur, donde sus cancilleres ventilan sus diferencias por la prensa y se complacen en formular declaraciones agraviantes para las otras partes, como si fueran socios accidentales en un negocio de poca monta y no aliados institucionales vinculados por tratados que ratificaron sus parlamentos. Lo de Venezuela no llama la atención, desde que es la impronta del propio Maduro, como lo fue antes de Hugo Chávez. Lo de Argentina estaba teñido de intereses subalternos, que apuntaban a la Secretaría General de la ONU para su actual canciller. Lo de Paraguay huele a revancha por todos lados. Lo de Uruguay es apenas doméstico, en el afán de marcar diferencias con Mujica, repitiendo una y otra vez que para Vázquez lo político no está por encima de lo jurídico. Y lo de Brasil, a esta altura, tampoco extraña. La otrora fina diplomacia de Itamaratí (por más que siempre al servicio de sus pretensiones imperiales), se ha convertido en rústica expresión de fuerza bruta en casos, o indiferente renuncia a sus obligaciones en otros. Peor todavía: para nuestra desgracia, los gobiernos del Frente Amplio le han consentido a Brasil, por acción o por omisión, toda suerte de destratos, que de seguro alientan su actual impertinencia contra el “enano gruñón”, como nos caracterizó alguna vez la prensa norteña. Recuérdese que bajo el primer gobierno de Vázquez, cuando estábamos para firmar el TLC con EE.UU., Lula mandó a Marco Aurelio García, sempiterno asesor en asuntos internacionales de la izquierda brasilera, para expresar agresivamente el veto de Brasil y reforzar la cerrada oposición que el canciller del momento le interpuso a la iniciativa. Más tarde, cuando los orcos kirchneristas bloquearon los puentes sobre el rio Uruguay, Lula miró para el costado, desentendiéndose del pleito entre dos vecinos integrantes del bloque mercosureño. Después vino Mujica, proclamando en actitud mendicante que debíamos viajar en el estribo de Brasil. Qué nos puede extrañar, entonces, que el actual canciller, por más que de otro signo ideológico, venga primero a meter presión y acuse después públicamente a Uruguay de agravar la crisis del MERCOSUR. Así estamos.

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