25 octubre, 2021

El papel de las oposiciones

Por Jorge E. Leiranes

Ante el trastorno y disgusto que ha causado en la vida de los uruguayos la fallida y doblez acción de los gobiernos progresistas, los partidos opositores tienen una grave responsabilidad con la República que no pueden soslayar.

La Oposición.

Si entendemos por oposición, al conglomerado de los diversos partidos que conforman la minoría, que impugnan las actuaciones del gobierno. Aunque la reconozcamos como el lado adverso del Poder establecido y dominante, no es posible considerar su naturaleza como un bloque uniforme, al que reclamarle criterios y procederes comunes, menospreciando la diversidad de sus proyectos y aspiraciones particulares.

Evidentemente la percepción del acontecer nacional es distinta en cada lema partidario.

Luego de tres derrotas electorales consecutivas, para un partido político, que como el Colorado, ha gobernado prácticamente desde siempre, la situación es de una inusitada gravedad. Que se extiende por todos los ámbitos de su vida partidaria, provocando una compleja y necesaria revisión.

Para el Partido Nacional en cambio, la acumulación de las cinco últimas derrotas electorales, no parecería generarle una inquietud relevante, que lo lleve a revisar su estrategia. Su posición como ladero del Poder no lo turba, es parte de su naturaleza.

Aguarda confiado el declive de popularidad del oficialismo, apostando a que habrá de favorecerle en la próxima instancia electoral; y ni como hipótesis de trabajo, atina a cuestionarse la validez de la posición alcanzada (de segunda fuerza), básicamente por el fenómeno polarizador de la última campaña electoral.

Es más, en medio del descalabro general que se vive, se distrae de la nutrida agenda del país, para festejar de manera rimbombante los 100 años de una derrota del Batllismo, montando a partir del hito, una grosera tergiversación con la vana pretensión de macular la figura insigne de José Batlle y Ordóñez.

Luego celebra alborozado los 180 años del decreto del gobierno de Oribe, por el que se funda el partido blanco; y uno de sus líderes (el herrerista), de manera insistente ante los medios, ensalza la vocación de gobierno (sip) de su partido.

Los otros dos partidos opositores menores, con representación parlamentaria, el PI y la UP, animados por los objetivos finalmente alcanzados en las pasadas elecciones: la senaturía para los independientes y la diputación para los populares, esperan ser los primeros beneficiados en la captación de los votantes decepcionados del progresismo.

Terminar primero de deshacer las falsas ilusiones.

Atento entonces a las disparidad de fines entre las oposiciones, conveniente sería identificar primero, la correspondencia o relación de unas formaciones con otras, en la búsqueda de consonancias que permitan sondear algunos acuerdos consistentes.

La dificultades para la articulación más amplia posible, no debería ser motivo suficiente para cejar en el intento.

La urgencia de la hora impone a los opositores, la necesidad de asumir ese rol integrador que el oficialismo rechaza.

La presuntuosa apertura ofrecida por la Presidencia, en el tema puntual de la seguridad ciudadana es clara muestra de las verdaderas intenciones del oficialismo: sin el menor gesto dirigido a rectificar políticas, convoca a una rueda de diálogo -de indecorosa integración- con el único e inocultable afán de repartir las pérdidas, que arrojan sus fallidas prácticas de gobierno.

Las bancadas opositoras no deberían permitir que se les sustraiga del rol primero, de contralor legislativo, que les ha impuesto la ciudadanía a través de las urnas; lo que no quiere decir que no deban apoyar responsablemente, aquellas iniciativas del gobierno que los merezcan.

La credibilidad del progresismo de gobierno ha caído a niveles nunca antes alcanzados.

La carnada usada como sebo electoral, para tomar por asalto la credulidad de la gente, está siendo descubierta; y debería ser tarea de las opositores (básicamente los legisladores de los Partidos Fundadores) terminar primero de deshacer de la conciencia ciudadana, de manera lisa y llana las falsas ilusiones; para luego -manteniendo cada bancada las diferencias políticas e ideológicas- proponerse algunos acuerdos mínimos, que seguramente serán pocos y parciales, orientados a mitigar el rigor de las duras políticas del oficialismo.

Sólo entonces se estará emprendiendo un camino en la dirección correcta, que permita a la gente comenzar a vislumbrar el horizonte de días mejores.

Tornar lo necesario en posible.

Debería unilateralmente ofrecerse un nuevo impulso de buena fe, que no podrá ser, sino recíproco, que explore afanosamente las formas posibles. Que será arduo, intrincado, preñado de obstáculos, no se nos oculta; que no estará libre de acechanzas, tampoco; pero que es indispensable para recuperar un estilo de convivencia perdida, que los uruguayos todos tienen el honor de volver a merecer.

Después de todo, en lo que hace a mi apreciación, lejos estoy de comulgar con la visión conformista y mansa de que la política es el arte de lo posible.

Creo interpretar mejor el espíritu del Batllismo, si en cambio comparto el pensamiento del ideólogo germano-americano Albert Hirschman, que refuta tal afirmación, proponiendo con clarividencia que la política es el arte de tornar lo necesario, en posible.

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