2 marzo, 2024

“Sanguchito” y lucha de clases

Por Ope Pasquet

El Ministerio de Turismo comprendió que había dado un paso en falso y retiró el aviso del «sanguchito»; la exhortación al faltazo, viniendo del gobierno, pareció -y es- demasiado. Todos sabemos, sin embargo, que ese aviso reflejó lo que podríamos llamar una «propensión al fin de semana largo» que es una parte auténtica del alma nacional.

Mucho más caro y dañino que el «sanguchito» es el abuso de las certificaciones médicas para no ir a trabajar, que no solo distorsiona la actividad laboral sino que además le cuesta centenares de millones de dólares al BPS. Los médicos están alarmados ante la proliferación de certificaciones carentes de real justificación, y le reclamaron al BPS que las controle con más rigor en el curso de una mesa redonda organizada por el Colegio Médico del Uruguay para tratar el asunto (Búsqueda, No. 1881, página 16). Pero el BPS, que en el 2015 pagó US$ 203 millones por el concepto de referencia (un 36,5% más que en 2014), dice que no hay que hacer «caza de brujas» y que, aunque es cierto que la cifra de certificaciones se disparó en los últimos años, eso hay que verlo positivamente porque implica que crece el número de trabajadores que ejerce un derecho humano como lo es percibir un subsidio en caso de enfermedad. Para restablecer la conexión con la realidad y el sentido común, el director del Departamento de Medicina Legal de la Facultad de Medicina e integrante del Tribunal de Ética del Colegio Médico señaló que la idiosincrasia del uruguayo está en la raíz del problema, ya que entre nosotros se considera «normal» pedir un certificado falso, y llamó a combatir el otorgamiento de beneficios a los «expertos en viveza criolla».

Las causas o motivos pueden ser varios, pero parece claro que el ausentismo laboral es hoy, en el Uruguay, un problema real. Esporádicamente la prensa informa acerca del modo en que el fenómeno se presenta en algún ámbito en particular -ASSE o ANEP, por ejemplo-, y las cifras asustan, aunque ya no sorprendan. Recuerdo que, hace pocos años, una directora del Consejo de Secundaria le decía al diario El País que el Estatuto Docente reconoce 14 causas de justificación de las inasistencias docentes. La jerarca agregaba que, habiendo actuado ella durante muchos años como dirigente sindical, veía a esas causas de inasistencia justificada reconocidas por el Estatuto como conquistas del gremio, sin perjuicio de reconocer que el ausentismo es una realidad…

El sector privado no es ajeno al problema. Por eso, muchas empresas pagan «primas por presentismo» para incentivar la asistencia de los trabajadores y contrarrestar la tentación del «sanguchito» y otras similares. El concepto mismo es absurdo, porque desde que se paga por el trabajo no se justifica que se pague también por presentarse a trabajar. Pero el «presentismo» está instalado y goza de buena salud; lo que se discute en algunos ámbitos no es si ha de pagarse o no, sino en qué casos el trabajador tiene derecho a cobrarlo aunque -por determinados motivos- no haya ido a trabajar.

Ante estos hechos y muchos otros de similar naturaleza, se han levantado voces de jerarcas del gobierno, como el ministro Ernesto Murro, o dirigentes sindicales importantes, como Richard Read, señalando el deterioro de la cultura del trabajo y reclamando su recuperación. De que esa recuperación es necesaria, no hay dudas; pero de que no va a ser nada fácil lograrla, tampoco las hay.

Diversos factores actúan para debilitar la ética del trabajo. Uno es la falta de incentivos, que se hace sentir especialmente en el sector público. Si es lo mismo, o casi lo mismo, esforzarse mucho o limitarse al rendimiento mínimo indispensable, al cabo de algún tiempo hasta los que empezaron a trabajar con más bríos se irán deslizando hacia la línea del menor esfuerzo. La abundancia de puestos de trabajo que generan ciertas coyunturas económicas tampoco incita a cuidar el empleo; el que se pierda hoy podrá recuperarse mañana, sin demasiado estrés, sobre todo cuando es de baja calidad y está mal pago.

Sin pretender agotar la lista de los elementos que contribuyen a generar la «propensión al fin de semana largo», digo que hay que incluir en ella a la doctrina marxista de la lucha de clases, que tan arraigada está en el bloque de poder político y social que constituyen el Frente Amplio y el Pit Cnt. Si los trabajadores creen que el sistema capitalista es intrínsecamente injusto y que el empresario se apropia siempre, sí o sí, de una parte del valor creado por ellos; si están convencidos de que, cualesquiera sean sus sueldos y sus condiciones de trabajo, están siendo explotados y solo dejarán de estarlo cuando los medios de producción dejen de ser propiedad de otro; si sus objetivos no son el acuerdo ni la cooperación entre ellos y la empresa, sino la lucha entre ambos hasta que se produzca la derrota del enemigo de clase; si además creen que el Estado democrático no es un tercero imparcial que puede arbitrar de manera justa entre las partes en pugna, sino un instrumento al servicio de las clases dominantes; si creen todo esto, digo, ¿cómo esperar que trabajen más allá de lo estrictamente indispensable para que no los echen? Quien está convencido de que su empleador lo explota, lo está también de que, cuanto más trabaje, más explotado será. Para quien piense así, hacer sebo es una forma de resistencia a la opresión y «meter un sanguchito» es asestar un golpe a los patrones, que bien merecido lo tienen por el solo hecho de ser tales.

Desde esta perspectiva, la utopía a perseguir es la de aquella tribu africana de que hablaba Mujica años atrás: trabajar dos horas por día y dedicarse el resto del tiempo a «chusmear» y entretenerse.

Todavía me resisto a creer que sea este el destino anhelado por los uruguayos, pero reconozco que ir por el «pequeño país modelo» con el que soñaba Batlle y Ordóñez nos va a dar muchísimo más trabajo.

 

Columna publicada en Montevideo Portal.

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