10 diciembre, 2018

Los Estados Unidos tiraron la toalla

Por Ope Pasquet

Tengo la impresión de que el día que los estadounidenses eligieron presidente a Donald Trump, será recordado como aquel en que renunciaron a su pretensión de ejercer el liderazgo mundial, no solamente en el plano económico o militar sino también y principalmente en el de las ideas y valores que orientan a las democracias del mundo.

Lo que dijo y propuso Trump durante la campaña electoral generó en mí el mismo rechazo visceral que produjo a escala universal (con la relevante excepción de los votantes americanos…). Pero no se trata de que un discurso político o un plan de gobierno le gusten a uno más o menos, sino de algo que me parece que es más profundo e importante.

Lo normal en cualquier país del mundo es que los candidatos se presenten a sí mismos de la mejor manera posible y que prometan villas y castillos al electorado; si les toca ganar, lo que suele suceder es que la realidad demuestre que no eran tan competentes ni tan justos como pretendían serlo y que las promesas sólo se cumplan parcialmente. Los hechos quedan siempre, o casi siempre, por detrás de las palabras, y esto no pasa sólo en la política sino en todos los campos de la actividad humana. Hacemos grandes planes que son algo así como esa línea del horizonte a la cual, por mucho que caminemos, nunca llegaremos. Precisamente, porque en las obras grandes la ejecución del plan nunca es completa, ni perfecta, es necesario que los planes sean ambiciosos e inspiradores.

En el plano internacional las relaciones de poder tienen bases materiales (geopolíticas, económicas, etc.), pero necesitan legitimarse con factores de otro orden. En la Antigüedad, Roma fue un ideal de civilización contra la barbarie. La Gran Bretaña victoriana quiso ser lo mismo en el siglo XIX. La Unión Soviética era “la gran patria socialista” llamada a hacer realidad la promesa de un mundo sin explotados ni explotadores. Los Estados Unidos de América legitimaron su hegemonía en el siglo XX invocando a la democracia y los derechos humanos.

Cambian las circunstancias, pero el liderazgo político implica siempre un llamado a realizar valores superiores, ya sea en el orden nacional, o en el internacional, o en ambos. Cuáles sean esos valores y qué jerarquía deba establecerse entre ellos dependerá del criterio de cada uno; lo que importa es la convocatoria a hacer el esfuerzo necesario para alcanzar lo que se estima preferible o superior.

Así era, por lo menos, hasta que apareció Trump. Trump rompió todos los esquemas. Se presentó a sí mismo de manera que demostró que no es de fiar -como cuando se negó a exhibir su declaración de impuestos- o que es descaradamente desleal (“reconoceré los resultados de la elección, si gano…”). No propuso ideales, sino que expresó enojos, miedos y prejuicios. No llamó a realizar valores superiores, sino que agitó pasiones (contra los musulmanes, contra los mexicanos) y adoptó, sin pudor, actitudes profundamente retrógradas (con relación a las mujeres, por ejemplo) y agresivas (como cuando amenazó a Hillary Clinton con enviarla a prisión si ganaba). Por algo el Ku Klux Klan anunció que está preparando un gran festejo para celebrar el triunfo de su candidato…En el plano internacional Trump profirió amenazas a diestra y siniestra, alardeó de su buena relación con Putin, cuestionó la existencia del cambio climático y un largo rosario de etcéteras. Ni siquiera intentó fingir que es un estadista; asumió con entusiasmo el papel de provocador.

El haber elegido a un presidente así es señal de que los estadounidenses ya no están dispuestos a seguir cargando con el peso del liderazgo que ejercieron desde que ingresaron a la Segunda Guerra Mundial. Ya no pretenden ser modelos para nadie, ni conducir a la comunidad internacional en la búsqueda de soluciones a los problemas globales. Como el boxeador que no quiere seguir peleando, tiraron la toalla. Se concentrarán en sus asuntos y harán lo que les convenga; el mensaje para el resto del mundo es que se las arregle como pueda.

Es posible que las instituciones de los Estados Unidos logren frenar y “normalizar” a Trump; es posible también que la campaña de éste haya sido una gran farsa y que, una vez instalado en la Casa Blanca, el ogro deje de ser tal. Ya sea que Trump cumpla sus promesas o que no lo haga parece claro que, por un motivo o por el otro, a la sociedad estadounidense le esperan años turbulentos.

¿Y qué decir de lo que ocurrirá en el mundo? Se necesitaría una bola de cristal para aventurar una respuesta a esa pregunta. Lo cierto y lo concreto es que mientras los problemas globales se agravan, la primera potencia mundial anuncia que abandona el centro de la escena y que no está dispuesta a seguir pagando los costos de la hegemonía. Europa no está en condiciones de reemplazar a los Estados Unidos, y Rusia tampoco. Sálvese quien pueda.

A comienzos del siglo XX, cuando ya se veía venir el ascenso imparable de los Estados Unidos, el gran Rubén Darío se preguntaba: “¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?”

Un siglo después, quizás tengamos que salir a averiguar dónde se dan clases de mandarín.

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