10 diciembre, 2018

Homenaje a Alejandro Atchugarry

Por Max Sapolinski

Foto: Nicolas Celaya.

Palabras pronunciadas por el contador Max Sapolinski en ocasión del homenaje que le tributara la Convención Nacional del Partido Colorado al Dr. Alejandro Atchugarry el sábado 1 de abril. 

 

Max Sapolinski

 

 

Cuando se trata de homenajear a quien nos ha dejado, corremos muchas veces el peligro de caer en la tentación de hablar de nosotros mismos, de nuestras experiencias, en lugar de hacerlo sobre quien recibe el homenaje.

Debo reconocer que este es un peligro que me acosa en este caso en particular.

Treinta y cinco años de amistad, de haber pasado juntos por muchos momentos difíciles y algunos alegres y de haberse constituído, Alejandro, en consejero, maestro, amigo y responsable de muchas de las decisiones cruciales que me tocaron tomar en distintos momentos, son factores que inciden ciertamente.

Todos los que lo conocieron, comprenderán estos sentimientos que me embargan.

Porque Alejandro, fue para todo aquel que lo conoció, el hombre afable, conciliador, experiente, dialoguista por esencia.

Imposible no quererlo.

El 23 de agosto de 2003, un par de días después que Atchugarry dejara el Ministerio de Economía, luego de una gestión que no es necesaria describir, por ser conocida por todos, la BBC de Londres en su página en español escribía una columna de la cual quiero compartir un pequeño extracto:

Ser ministro de Economía no es tarea fácil, mucho menos cuando el país está en crisis. Ser ministro de Economía y ser respetado, es aún más difícil. La mayoría son abucheados y criticados, pero por suerte, siempre existe una excepción a la regla.

Así es el perfil de Alejandro Atchugarry, quien fuera hasta hace poco el ministro de Economía de Uruguay. Un ministro que, aunque le parezca increíble, fue querido por la gente, sin importar bandos políticos, raza o religión. Un ministro que supo conciliar la izquierda con la derecha; una tarea dificilísima, bien lo saben los venezolanos por experiencia propia, y más que nadie, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.Esta vez, la excepción se da en una de las economías más pequeñas de Latinoamérica, en Uruguay. Pero lo más interesante es que el ministro no es economista de profesión, sino abogado. No estudió los clásicos libros de economía. Simplemente aprendió a escuchar las necesidades de su gente y a negociar, y con su fórmula logró lo que muchos no han podido lograr en años.

Escuchando la opinión de todos y sin subestimar a nadie, este ministro supo poner al menos en camino, la economía de un país que atraviesa por la peor crisis económica de su historia. Algo que muchos economistas graduados de instituciones de renombre internacional no han podido lograr. Y que quede en claro que no estamos hablando de otros que no sean los ministros y asesores que gobiernan nuestros países.

Pero como todo lo bueno, pronto se termina. Atchugarry, el ministro querido por todos, renunció.

Aquellos momentos dramáticos por los que pasamos puso la figura de Alejandro en la palestra pública.

Como decía el filósofo Séneca: “Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo”.

Se constituyó en el profeta de la esperanza para toda la población. Pasó a constituirse en el padre, el hermano, el hijo que todo uruguayo deseaba tener.

Probablemente, pocas figuras de la historia nacional se hayan hecho acreedoras a ser reconocidas como un verdadero héroe cívico como en este caso. Tal vez nos debamos remontar al desprendimiento heroico de Joaquín Suárez o al martirologio de Baltasar Brum para empardar actitudes.

Pero la peripecia vital de Alejandro Atchugarry no empieza en su gestión frente al Ministerio de Economía.

Siendo muy joven, ingresó a la política a la búsqueda de dar lucha por las libertades conculcadas. Por esos tiempos lideró la conformación de un incipiente movimiento batllista universitario, que tuvo destacada actuación en los primeros años de la década de los 80.

Tengo presente en el recuerdo, las tareas de organización del primer acto donde se presentó la fórmula Sanguinetti-Tarigo en el gimnasio del Club Platense, que estuvo justamente a cargo de los universitarios batllistas. Esas tareas se desarrollaron donde luego sería, hasta nuestros días, la sede de la empresa familiar de Alejandro. Allí se inflaron los globos para el evento, y los mismos fueron trasladados en su propio vehículo. Epocas en que el voluntariado prevalecía sobre la tecnología y el mercantilismo.

El retorno a la democracia, lo encontró con apenas 32 años como Subsecretario del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, formando parte del extraordinario equipo que se conformó bajo la égida de Jorge Sanguinetti, quien también nos dejó hace poco, en este racimo de pérdidas que el Partido ha sufrido en el último año.

Estudioso incansable, era capaz de ganarle las discusiones a los más mentados ingenieros. Desde ese cargo, y es bueno recordarlo en estos tiempos que corren y con las últimas experiencias vividas, desplegó un estricto control sobre la gestión de las empresas públicas que se vinculaban con el Ministerio. Para eso confió en un grupo de entusiastas jóvenes que no llegaban, por entonces, a los 30 años de edad.

Allí tuvo activa participación en el inicio de la reforma portuaria que terminó alcanzándose en la década del 90, en las medidas que se debieron afrontar para parar la sangría que AFE le generaba al Estado y en la preparación de las condiciones para el establecimiento de la terminal de ómnibus de Tres Cruces, terminando su gestión ocupando la titularidad del Ministerio.

Fueron aquellos también, los años en que participó a instancias de Jorge Batlle en la profundización del análisis de las simientes del Batllismo y la influencia que las ideas krausistas habían tenido sobre éste.

A partir de 1990 pasó a ocupar una banca en la Cámara de Representantes y posteriormente en el Senado de la República. Su gestión lo llevó a convertirse en uno de los más reconocidos parlamentarios desde el retorno a la democracia. Trabajador y estudioso pertinaz, manejaba a la perfección los secretos de las comisiones parlamentarias y era un maestro en la negociación.

Pero Alejandro Atchugarry no era sólo todo esto.

Fue un hijo, esposo, padre, hermano ejemplar. Un amigo entrañable. Siempre preocupado por todos y por todo.

La vida se ensañó con él, hasta que lo terminó abandonando. Uno tras otro se fueron interponiendo en su camino diversos contratiempos. Desde aquel quebranto de salud hace 28 años de similares características al sufrido ahora, pasando por la pérdida de Adriana y demás contratiempos conocidos. De todas las dificultades se sobreponía con su mirada cálida y su sonrisa paternal.

Uno se pregunta qué es lo que generó tal empatía entre su persona y el país todo.

Existen algunas personas, pocas ellas, y por eso escriben páginas en la historia de los pueblos, que entienden a la gente y se hacen entender por ella.

Que ponen en la prioridad de sus desvelos, el bien público.

Que cristalizan esas prioridades en acciones.

Una de ellas fue Alejandro.

Sea legislando para generalizar las asignaciones familiares para las madres que se quedaban sin trabajo, sea creando programas de emergencia que generen puestos laborales cuando la crisis nos pegaba, sea preocupándose por la contratación de limpiadoras para los centros de enseñanza.

A todo eso debemos sumarle una vida transparente, caracterizada por el republicanismo más puro. Por la austeridad real, la que se lleva adelante por convicción, la que escapaba de toda maniobra mediática.

La que si alguien se la hacía notar, generaba que su rostro se sonrojara.

La que se reflejaba en los acontecimientos de la gran gestión y también en los de su vida diaria.

Y los ejemplos abundan.

Legendario pasó a ser su Fiat Elba con centenares de miles de kilómetros encima.

Y si me permiten, hoy que no está ya para reprenderme por contar las anécdotas del diario vivir, gestos que lo describen de cuerpo entero, como cuando recibió finalmente, tras varios días de negativas, de manos del Director del Ministerio el pago por los gastos que había incurrido en un viaje relámpago de un fin de semana a la Asamblea del BID, con la expresa orden de donarlo a la guardería del Ministerio en el más estricto de los secretos.

Ese era Alejandro Atchugarry y esas sus acciones y sus convicciones.

Alejandro ya no está entre nosotros. Se nos fue prematuramente.

Ya no veremos su esmirriada figura conduciendo su destartalado vehículo.

Ya no tendremos su consejo sabio.

Ya no recibiremos su llamada siempre cálida preocupado por los aconteceres partidarios.

Porque bueno es decirlo hoy también, su adhesión al Partido no tenía mella. Me consta claramente. De hecho, cuando hace unos meses se lo involucró en eventuales apoyos a otras tiendas, en la conversación en que me autorizó a desmentir los falsos rumores, me dijo: Podés decir que fui, soy y seguiré siendo colorado.

De aquí en más, nos quedará su recuerdo, su obra y el orgullo de haberlo tenido entre nosotros.

Y nos quedarán también sus enseñanzas.

Las esenciales y notorias.

El concepto de hacer política con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

El anteponer la idea de la libertad como bien supremo a ser resguardado.

El transcurrir la vida y en particular el servicio público en el umbral más pleno de austeridad republicana.

Permítaseme, también, expresar mi convencimiento sobre una lección que dejó Alejandro a nuestro Partido.

Muchas veces el quehacer político se vuelve particularmente ingrato e injusto para alguno de sus protagonistas.

Pasa que determinados intereses o miradas erróneas cercenan la posibilidad de contar con el servicio de los mejores, aunque no sea en la posición que algunos quisieran, pero por lo menos en la que éstos estuvieran dispuestos y en la que se destacaron.

En general, esos intentos se prolongan en los habituales escarceos de búsqueda de posiciones que la actividad política muchas veces nos depara.

Pero en algunos casos, surgen seres superiores, los que no están dispuestos a competir en la carrera de los honores, los que como única ambición detentan la búsqueda del bienestar general, los que tienen como rumbo el desprendimiento y la austeridad.

Esos, ante lo ingrato de algunos aspectos de la política, deciden irse para su casa y volcar sus esfuerzos en el seno de su familia y caracterizados por su clásica tozudez no volver.

Y todos nosotros, los miembros del Partido Colorado, por nuestra incapacidad para alterar la lógica ruin de algunos elementos de una actividad tan noble como lo es la política, nos dimos el lujo de la miseria de tener a Alejandro más de una década aconsejándonos desde su casa en lugar de ocupar las posiciones que por capacidad y entrega debía haber ocupado.

Estimados convencionales, en particular a los más jóvenes, tengan vigente por siempre el recuerdo y el ejemplo de Alejandro Atchugarry.

El “Flaco”, aquel vasco tozudo, descendiente de anarquistas y socialistas, que risueñamente se definía como anarco-liberal y no en vano tenía en su escritorio un busto de Domingo Arena, que abrazó con fervor y convicción los ideales de justicia social del batllismo logró sin estridencias, ni ambiciones, sin siquiera quererlo, el ideal que todo político anhela: ingresar por la puerta grande de la historia, trabajando en beneficio de la sociedad y ser reconocido por ello unanimente.

Aquellos que lo trataron recuerden sus experiencias. Quienes no, recuerden este homenaje. Son las páginas de gloria que se escriben en recuerdo de quienes forjaron el orgullo partidario y el del país todo.

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