23 octubre, 2018

El león de Caprera

Por Juan Francisco Berrutti

El pasado 2 de junio se conmemoraron 135 años de la desaparición física del Héroe de Dos Mundos, Giuseppe Garibaldi.

La historiografía en general suele dejar en un injusto olvido a Garibaldi, figura verdaderamente importante en la historia de nuestro país, de la región y del mundo.

Nacido en Niza, región de Piamonte (Italia) en aquel entonces, comenzó sus aventuras como marino con 16 años y, poco tiempo después, se unió a los Carbonarios, hasta que un decreto real lo condenó a muerte. En 1835 desembarca en Rio Grande del Sur, Brasil, donde permanece peleando junto a los “farroupilhos” (el movimiento por la independencia de Río Grande del Sur) hasta 1841, cuando parte hacia Montevideo o, como él la denominaba con mucho afecto, la “República de Montevideo”, donde transcurrirían probablemente los mejores años de su vida.

Al arribar a nuestro país se unió inmediatamente al Gobierno de la Defensa, combatiendo así a Oribe. el cual era apoyado por el atroz tirano argentino Juan Manuel de Rosas durante la Guerra Grande. En 1842 es nombrado Jefe de las Fuerzas Navales de nuestro país hasta 1848 y, posteriormente, le son entregadas las insignias como General. Durante el lapso que estuvo en Montevideo, se consolidó como conductor de los hombres que libre y voluntariamente se alineaban tras él; nacidos acá o en el exterior, con experiencia en combate o sin ella, Garibaldi fue el líder natural de todos ellos.

Aprovechando, además, la inmensa cantidad de italianos que habitaban nuestras tierras, realizó una convocatoria a sus compatriotas a través de del semanario L’Italiano. De ese modo fundó La Legión Italiana, que lo acompañaría por el resto de su vida, utilizando el color rojo en sus camisas por afinidad al Partido Colorado.

Impulsado por su profunda convicción republicana, concibió su vida como una lucha constante: primero, defendiendo desde joven a la mujer, para que se le fueran atribuidos los mismos derechos que a los hombres, destacando además su espíritu fraterno y de lucha patriótica siempre que fuera necesario; y posteriormente, en Italia, su activa y valiente tarea en el ámbito político: denunció al ministro Cavour de entregar su Niza natal a Francia, a las monarquías previas a la unificación italiana y a las primeras luego de ésta también, por ceder constantemente frente a los intereses de la Iglesia consolidada en el Vaticano. También criticó fuertemente aquellas políticas internas a partir de la unificación que, a su juicio, discriminaban y separaban a las regiones del sur, aunque él mismo, junto con Giuseppe Mazzini, fue una de las figuras claves y decisivas para lograr la unificación de Italia bajo el reinado de Víctor Manuel II en 1861.

Si bien es innegable que Garibaldi estuvo varias ocasiones enfrentado a la Iglesia, siempre mostró buena voluntad, buscando generar vínculos y unir, no dividir. En este sentido, nunca mezcló a quienes actuaban de buena forma y a quienes, por el contrario, deliberadamente no lo hacían. Entre los primeros destacó en reiteradas ocasiones la labor de religiosos como Stefano Ravosimo, capellán en Montevideo e integrante de La Legión Italiana. Asimismo, en 1848 envió desde Montevideo una carta al Papa Pío IX poniéndose a su disposición para trabajar conjuntamente en procura de la unificación italiana; la carta jamás fue respondida.

Como ya mencionamos, fue un fiel exponente del republicanismo pero no fundado exclusivamente en la separación de poderes como forma de gobierno, sino que interpretando el mismo con sensibilidad social, atendiendo las dificultades y reclamos de la gente, teniendo como norte la justicia social y la libertad siempre. Como diría alguna vez: “Soy republicano porque es el sistema de gobierno de las gentes justas”.

Dedicó su vida entera a defender esos principios por todas las partes del mundo en las que anduvo, luchando y peleando pero también escribiendo, como al final de sus años en que escogió la novela, no como forma de pasar el tiempo cuando físicamente no podía seguir batallando, sino que como herramienta para transmitir sus experiencias, ideas, conceptos y valores a las generaciones más jóvenes.

Hoy, más de un siglo después, en Italia y Uruguay lo seguimos recordando, pero no con un sentido nostálgico, sino viviendo y entendiendo su lucha. que sigue siendo aún hoy la nuestra: una sociedad más libre y solidaria, basada en el respeto a las instituciones.

 

Columna publicada en El Correo de los Viernes.

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