3 abril, 2020

Por el cambio

En nota anterior, titulada “Contra la equidistancia”, sostuve que la distancia política e ideológica que separa al Partido Colorado del Frente Amplio es mucho mayor que la que lo separa actualmente del Partido Nacional.
Ahora me referiré a las consecuencias que cabe extraer de esa apreciación, en el plano de la estrategia colorada para las elecciones nacionales del 2019. Lo que diré a este respecto -reitero: elecciones nacionales del año próximo- no puede trasladarse sin más a las elecciones departamentales del 2020, porque las normas que rigen ambos comicios son sustancialmente distintas: en la elección nacional hay segunda vuelta para elegir al presidente, y representación proporcional en el Parlamento; en la elección departamental el intendente se elige por mayoría simple y el partido que obtenga ese cargo obtiene también, automáticamente, la mayoría de las bancas en la respectiva Junta Departamental. Para evitar confusiones -tan lamentablemente comunes en estos temas- dejo para otra ocasión lo relativo a las elecciones departamentales (y municipales).
En el 2019, la disyuntiva ante la cual tendrá que pronunciarse la ciudadanía se puede resumir en tres palabras: seguir o cambiar. Los que quieran seguir como estamos, votarán al Frente Amplio. Los que quieran cambiar, podrán elegir entre los partidos que hoy se ubican en la oposición al gobierno frenteamplista.
Para el Partido Colorado, la disyuntiva no es tal. Desde su creación en 1971, hasta el 2005, el Frente estuvo siempre en la oposición a los gobiernos colorados; desde el 2005 hasta hoy, el Partido Colorado estuvo siempre en la oposición a los gobiernos del Frente. Salvo que alguien quiera asombrar y desconcertar a los uruguayos, no tiene sentido proponer al Partido Colorado como rueda auxiliar del Frente Amplio. Nuestro lugar está en el campo de los que, desde la oposición al actual gobierno, trabajan por el cambio.
El Frente Amplio ganó con mayoría parlamentaria propia en el 2004, en el 2009 y en el 2014. Obviamente, tratará de retenerla en el 2019. Si no lo consigue, pero igualmente conquista la Presidencia de la República, tendrá que plantearse la cuestión de cómo formar una mayoría que respalde al gobierno en el Parlamento. Pero si ese problema surge, surgirá recién cuando los resultados electorales estén a la vista; el Frente no tiene por qué planteárselo de antemano, porque los tres exitosos antecedentes señalados le dan margen para no hacerlo.
En cambio, los partidos de la oposición no tienen ese margen. Ninguno de ellos puede pensar sensatamente que obtendrá una mayoría parlamentaria propia en el 2019. Es posible que, en el frenesí de las últimas semanas de la campaña electoral, alguno se entusiasme tanto como para creer que sí lo logrará; pero razonando con la cabeza fría, ello no parece posible (salvo, naturalmente, que se produzcan acontecimientos hoy imprevisibles e inimaginables, que cambien dramáticamente la escena política nacional).
Por lo tanto, cada uno de los partidos que hoy están en la oposición tiene que plantearse desde ya la cuestión de cómo hará para gobernar, si le toca ganar, o qué actitud adoptará frente a otro que gane, sin mayoría propia, y lo invite a acompañar la gestión de gobierno para constituir así una mayoría parlamentaria. Dicho en otros términos: si en el 2019 gana cualquiera de los partidos que hoy están en la oposición, ese partido tendrá que formar un gobierno de coalición con otro u otros partidos para que haya una mayoría que respalde al gobierno en el Parlamento; sin coalición no habrá mayoría parlamentaria, y sin mayoría parlamentaria no hay gobernabilidad.
Si los ciudadanos fueran tontos y los contrarios no jugaran, los partidos de la oposición que no sintieran el deber de actuar de manera sincera y clara podrían tratar de eludir estos temas, y no mencionar siquiera la necesidad de llegar a acuerdos con otros partidos. Pero los ciudadanos no son tontos, “los contrarios también juegan”, y la claridad en los planteos políticos es un deber ético insoslayable.
Todos los partidos que hoy están en la oposición al gobierno del Frente Amplio y lucharán por la presidencia en el 2019, tendrán que decirle a la ciudadanía si están dispuestos a llegar a acuerdos con otros partidos para poder gobernar, o si prefieren desentenderse del problema del gobierno y dedicarse a mirarse al espejo, para admirar la pureza de su estéril soledad. Si no lo hacen, si no se definen, si tratan de escaparse por la tangente, sus adversarios políticos y la prensa lo señalarán, y los ciudadanos tendrán en cuenta esa reticencia a la hora de votar.
Para el Partido Colorado el camino es, a mi juicio, muy claro: lo marca la ética de la responsabilidad. El narcisismo político nunca fue lo nuestro. El Partido Colorado debe presentarle a la ciudadanía sus candidatos, su programa y sus equipos de gobierno, y debe decirle también con quiénes y cómo se propone gobernar y realizar su programa, si esos candidatos resultan elegidos. Y para el caso de que los elegidos fueran los candidatos de otro de los partidos de la oposición, como el Partido Nacional por ejemplo, debemos decir también si estamos dispuestos a acordar con los nacionalistas la formación de un gobierno de coalición, o si preferimos rechazar los acuerdos para evitar todo riesgo de contaminación…
Es necesario que durante la campaña para las elecciones internas se discutan estos temas, a fin de que los colorados puedan votar a conciencia no sólo por el candidato a la presidencia que prefieran, sino también por el rumbo estratégico que les parezca mejor.
El nuevo liderazgo que emergerá de las elecciones internas tendrá lo que hoy nadie tiene en el Partido Colorado: la legitimación democrática y la autoridad política necesarias para dialogar con los líderes de otros partidos acerca de los posibles acuerdos programáticos que sustenten un futuro gobierno de coalición.
Las diferencias entre los partidos que participen de ese diálogo no deben verse como un obstáculo para el diálogo mismo, sino como la razón que lo hace indispensable. Si todos pensáramos igual no sería necesario acuerdo alguno; pero entre partidos distintos, cada uno con programas y perfiles propios, es preciso acordar para establecer con claridad qué objetivos procurará alcanzar el esfuerzo común.
Insisto: sin acuerdos no hay gobernabilidad posible para ningún partido de la actual oposición.
Y si no se muestra a la ciudadanía una perspectiva de gobernabilidad clara y confiable, cobrará fuerza aquello de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”. El cambio no puede ser un salto al vacío; los uruguayos no votan por saltar al vacío.
Procurar que haya acuerdos para que haya gobernabilidad a partir del 2020, es trabajar por el cambio.
En esta exigente y trascendente coyuntura histórica, esa es la misión del Partido Colorado.
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