20 noviembre, 2019

Ventanas que son espejos

Hace unos días publiqué un estado en Facebook comentando las elecciones en Brasil. Expresé mi rechazo por los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta. Dije que Bolsonaro me parece autoritario y antidemocrático, y que el otro candidato, Haddad, es el abanderado del partido sobre el que pesa la mayor responsabilidad por la corrupción que pudre al sistema político brasileño. Poco después subí a la página diversos videos que muestran a Bolsonaro diciendo algunas -sólo algunas- de las barbaridades que justifican que se le califique de autoritario y antidemocrático.
Nadie me reprochó el haber expresado mi rechazo a Haddad y al PT; seguramente, nadie esperaba que los apoyara. En cambio, me han llovido críticas e insultos por criticar a Bolsonaro, como si ser opositor al Frente Amplio en Uruguay debiera determinar el apoyo automático a cualquiera que en el mundo se oponga a los partidos afines a aquél. No es así, por varias razones. Pero vamos por partes.
De entrada, algunos dicen que está demás el mero comentario acerca de lo que ocurre en Brasil, “habiendo tanto de qué ocuparse en Uruguay”. Es la típica actitud de quienes se sienten incómodos o molestos porque se critique algo que no osan defender abiertamente, y optan entonces por decir que no corresponde siquiera tratar el tema. Pero es perfectamente posible dedicarle algunos minutos a lo que ocurre en Brasil -como le dedicamos tantos otros a lo que pasa en Venezuela o en Cuba-, sin descuidar por ello la agenda nacional. Es como tomar mate y escuchar la radio: está demostrado que se puede hacer las dos cosas a la vez.
¿Por qué prestamos atención a lo que ocurre fuera de nuestras fronteras? Porque nos interesa -y no solamente en el plano económico o comercial-, nos afecta e incluso, en ocasiones, nos conmueve. El exterior es una especie de pantalla sobre la que proyectamos nuestras opciones ideológicas, nuestras preferencias y nuestras aversiones. Creemos estar mirando por la ventana y en realidad nos estamos viendo en el espejo. Siempre ha sido así. Las dos guerras mundiales y la guerra civil española se vivieron intensamente en Uruguay, mayoritariamente aliadófilo y republicano; lo mismo pasó con la creación del Estado de Israel, que Uruguay apoyó calurosamente, y lo mismo suele suceder con las elecciones argentinas (recuerdo que, en 1983, viajé a Buenos Aires con algunos amigos para estar allí en aquella jornada inolvidable en la que el triunfo de Raúl Alfonsín marcó el final de una dictadura larga y feroz). A Brasil en cambio le prestamos por lo general poca atención, y esto es lo equivocado si se tiene en cuenta que lo que pase allí repercutirá después, de una manera u otra, en el resto de América.
No violamos ninguna norma ni principio del derecho internacional si comentamos entre nosotros lo que sucede en el extranjero. Lo hacemos todo el tiempo y lo hacen también los demás pueblos del mundo. ¿O alguien cree que de Trump hablan sólo los estadounidenses…? ¿O no son acaso Nicolás Maduro, su régimen y el daño enorme que les están haciendo a los venezolanos y a Venezuela, un tema permanente en el debate político latinoamericano? ¿No lo fue Cuba durante décadas, y no debería seguir siéndolo…?
Algunos dicen que está bien criticar a Bolsonaro, pero que no corresponde abrir juicio acerca de lo que está pasando en Venezuela, y otros sostienen exactamente lo contrario. Los demócratas criticamos a los dos: a uno por lo que viene haciendo desde hace años, y al otro por lo que viene diciendo desde hace años. Las responsabilidades son distintas, obviamente, porque no es lo mismo decir que hacer; pero desde el punto de vista de la defensa de los valores democráticos, la crítica les cabe a los dos.
Los que sí deben guardarse sus opiniones son los gobernantes, que son quienes representan al Estado. Por eso me resulta asombrosa la imprudencia de las declaraciones sobre el proceso político brasileño del canciller Nin y otros jerarcas de nuestro gobierno. Desde el “impeachment” de Dilma Rousseff, parecen empeñados en mojarle la oreja a Brasil. Lamentablemente, si Itamaraty decide cobrarnos esta actitud la factura no vendrá a nombre de Rodolfo Nin Novoa, sino del Uruguay.
Particularmente grave me parece el error de quienes afirman que Bolsonaro no debe ser criticado porque lo votaron 46 millones de brasileños. En democracia, los votos de la mayoría dan derecho a gobernar, pero no dan la razón ni blindan contra la crítica. Si no fuera así todos los uruguayos tendríamos el deber de ser frenteamplistas, porque el Frente ganó tres elecciones seguidas y con mayoría parlamentaria propia, además.
Variación sobre el argumento anterior: criticar al que ganó no es faltarle el respeto al pueblo que le dio el triunfo. En democracia, la voluntad del pueblo se respeta y se acata; pero las razones en que se funda la voluntad del pueblo, pueden legítimamente compartirse o no. Yo no creo que el pueblo brasileño sea antidemocrático, autoritario, racista ni homófobo; lo que creo es que los brasileños están indignados y hartos de la corrupción del PT y sus aliados, por lo que votaron a quien se presentó como el opositor más radical y enérgico a todos ellos. Entiendo estas razones y las respeto, pero no comparto que la conclusión del razonamiento deba ser votar a Bolsonaro.
Acerca de Bolsonaro, precisamente, ya no parece necesario decir más. Desde su triunfo en la primera vuelta sus declaraciones antiguas y recientes han sido ampliamente difundidas; no las conoce quien no quiere conocerlas. No muestra señal alguna de arrepentimiento profundo y sincero por haber dicho que cerraría el Congreso, que el voto no sirve para nada, que Brasil necesita una guerra civil, que la dictadura se equivocó al torturar en vez de matar a sus opositores, etc.; por el contrario, al votar hace muy poco (en 2016) a favor del impeachment de Dilma Rousseff, dedicó el voto al coronel que la torturaba en prisión. Con esto a mí me alcanza y me sobra. Pretender restarles valor a tales declaraciones, con el argumento de que el programa que el candidato propone en su campaña electoral no dice esas barbaridades, es casi infantil. Y soslayar lo que ha dicho Bolsonaro sobre la democracia, los derechos humanos y las instituciones, porque también se manifestó a favor del liberalismo económico, me resulta tan inadmisible como lo sería elogiar a Pinochet por el mismo motivo, olvidando el golpe de estado que dio y los miles de personas que torturó y mató.
Lo que ocurre es que para mí, como para el 70% de los uruguayos, el régimen democrático es siempre preferible a cualquier otro, por lo que ningún candidato que no sea un demócrata cabal puede resultarnos atractivo en ninguna elección, sea acá, en Brasil o en la Luna; mientras que para un 15% de nuestros compatriotas lo que importa es que se resuelvan los problemas, sea como sea, y para el 15% restante es preferible, directamente, un régimen autoritario.
Estos son los últimos resultados de la encuesta de Latinobarómetro para Uruguay. Empiezan a manifestarse una vez más, en nuestra sociedad, rasgos autoritarios. El espejo brasileño solamente los refleja.
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