16 julio, 2019

La retirada del oboísta

El sábado pasado fui a escuchar el concierto de la Ossodre, por un motivo muy personal: la orquesta iba a ser dirigida por mi primo, Nicolás Pasquet. Nicolás vive en Alemania desde hace muchos años y allí ha desarrollado su carrera artística. Cada tanto viene al Uruguay y trato de no perderme sus presentaciones. Esta vez dirigió un concierto para piano y orquesta, de Chopin, y la sinfonía “Fantástica”, de Berlioz. Mientras la orquesta ejecutaba esta última obra, uno de los músicos, un oboísta, se levantó y se fue. Varios minutos después regresó, caminando de puntillas para no hacer ruido; volvió a ocupar su lugar y siguió tocando, como si nada. Yo nunca había visto algo así y se lo comenté a mi primo cuando nos reunimos, con otros miembros de la familia, después de la función. ¿Qué le pasaba a ese músico? ¿Tenía necesidad de ir al baño y no podía esperar? Nicolás se agarraba la cabeza. “La retirada del oboe está indicada en la partitura; lo que pasó fue simplemente lo que el compositor escribió que debía pasar”, explicó. El problema es que nadie lo sabía. Salvo para algún crítico musical o conocedor de la obra de Berlioz que estuviera presente, la retirada del oboísta fue un hecho sorprendente que provocó asombro y sonrisas.
A veces los gobiernos toman medidas que son, para la ciudadanía, lo que la retirada del oboísta para el público que asistió al concierto del sábado. Podrán ser medidas necesarias, bien intencionadas y acaso inteligentes, pero si no se entienden lo más probable es que caigan mal. También es cierto que los gobiernos suelen no tener tiempo para explicar; las circunstancias los presionan y deben actuar. Pero no por eso deja de suceder que la gente se disguste o se enoje ante actos de la autoridad cuya razón desconoce o no comprende cabalmente.
La otra cara de la moneda es que las propuestas demagógicas e irrealizables que suelen florecer en tiempos de campaña electoral como los que estamos viviendo, no provocan el rechazo y hasta la indignación que deberían provocar, si el sentido crítico de la ciudadanía se encuentra embotado o disminuido, por la razón que fuere. Para que la democracia funcione bien es preciso que el soberano analice y valore con lucidez y rigor la acción de los gobernantes, o de quienes pretenden llegar a serlo. Si no es así, cada elección es una tómbola y cualquier cosa puede pasar.
¿Cómo se prepara la ciudadanía para cumplir con acierto esa función de juez supremo que sólo a ella le compete en una democracia? Hay un largo elenco de respuestas para esa pregunta, pero quiero poner el énfasis en una: los partidos políticos tienen que aportar los elementos de juicio y la gimnasia crítica para que cada ciudadano pueda formarse una opinión bien informada y razonada acerca de lo que sucede en el país.
Los partidos políticos no la tienen fácil en los tiempos que corren, por muchas razones en las que no voy a detenerme ahora. Pero aún así, queda en pie lo siguiente: si ellos se limitan a funcionar como maquinarias electorales y entre elección y elección no se ocupan profesionalmente de “educar al soberano”, tendremos que acostumbrarnos a que los ciudadanos del Uruguay -cuya cultura cívica alguna vez nos enorgulleció- se rían cuando se ejecute correctamente una partitura que ignoran, o aplaudan cuando cualquier aventurero diga disparates para juntar votos.

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