21 agosto, 2018

Análisis de tres feminismos

Por Silvia Lecueder

Quienes se dicen feministas no sostienen iguales ideas ni son impulsados por el mismo ánimo. Muchas veces tienen visiones antagónicas. Aunque hay muchos matices, propongo distinguir tres grandes grupos de feminismo: el liberal, el dialéctico y el frívolo.

En la tradición liberal, la desaparición de los impedimentos legales permite el pleno ejercicio de las capacidades de la mujer.

“El principio regulador de las actuales relaciones entre los dos sexos —la subordinación legal del uno al otro— es intrínsecamente erróneo y ahora constituye uno de los obstáculos más importantes para el progreso humano; y debiera ser sustituido por un principio de perfecta igualdad que no admitiera poder ni privilegio para unos ni incapacidad para otros”. John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill
El sometimiento de la mujer, 1869.
Este libro de los Mill tuvo un enorme impacto. Ese mismo año se editó en Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca, y al siguiente apareció en Italia y Polonia.

El feminismo liberal no conduce al conflicto entre los sexos, sino a la convivencia en armonía y a la convicción de que liberarse de prejuicios irracionales es un valioso progreso moral del que pueden disfrutar mujeres y varones. No se detiene en la igualdad jurídica, promueve una reflexión progresiva de toda la sociedad.

Para el hombre es liberador despojarse de esquemas que le impedían disfrutar de placeres como cocinar o cuidar a los niños o que lo obligaban a ser el único sostén económico de la familia.

En nuestro país, el feminismo liberal estuvo representado por el batllismo, siendo José Batlle y Ordóñez la primera figura en América Latina que abogó por el feminismo tanto en sus escritos, que firmaba con el seudónimo de “Laura”, como en su acción política.

El liberalismo de Batlle era sorprendentemente radical para la época. Entre sus dos presidencias, viviendo en Europa, envió a Arena un ejemplar del libro de Alfred Naquet “Vers l’Union libre” cuya tesis era que hombres y mujeres vivieran juntos sin matrimonio legal y se separaran también sin intervención de la ley cuando vivir juntos ya no les resultara atractivo. Don Pepe decía que eso le parecía muy razonable y le pedía que publicara en El Día extractos del libro. También le pidió que publicara fragmentos de uno de los libros favoritos de su juventud: “La mujer del porvenir” de la feminista española Concepción Arenal.

El divorcio fue un capítulo pionero en las transformaciones liberales. El senador batllista Ricardo Areco fue el autor de la ley de divorcio por mutuo consentimiento, aprobada en 1907. Pero Batlle quería ir más allá: divorcio por la voluntad de cualquiera de los cónyuges. Esto causó un verdadero escándalo. La opinión pública, no sólo la católica, estaba horrorizada pensando que los maridos se iban a deshacer de sus esposas, dejándolas desamparadas. Entonces Batlle consultó al filósofo Carlos Vaz Ferreira y éste lo convenció de proponer el divorcio “por la sola voluntad de la mujer”, lo cual resolvía la mayoría de las objeciones planteadas.

Los valores del feminismo liberal son los de la Ilustración: la universalidad de la razón, la emancipación de los prejuicios, la aplicación del principio de igualdad y la idea de progreso. Quienes lo profesan adhieren a otras causas liberales como la democracia representativa, la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte y la irrestricta libertad de expresión.

El feminismo dialéctico descree del feminismo liberal, al que mira con el mismo desdén con el que los revolucionarios consideran al reformismo o los psicoanalistas al conductismo. No dan demasiado mérito a la igualdad ante la ley, piensan que es feminismo incompleto, perimido e incluso perjudicial por lo engañoso, estilo “opio de los pueblos” porque oculta la persistente inferioridad de la mujer en el esquema del dominio.

Uso el término “dialéctico” en el sentido filosófico por el cual dos opuestos, tesis y antítesis, se resuelven en una forma superior o síntesis.

En la tradición hegeliana y especialmente en versión marxista, el feminismo se equipara a la lucha de clases. El hombre es el opresor y la mujer la oprimida, por lo cual irremediablemente habrá una lucha por la liberación cuyo objetivo final será la igualdad de los sexos.

En el siglo XX el feminismo se despega de los valores liberales y también de los marxistas, tornándose más radical. Consideran que lo que Marx no llegó a ver es que la revolución feminista es previa y es condición de la revolución social.

Para Simone de Beauvoir “no se nace mujer sino que se deviene mujer”, en la línea sartreana de que la existencia precede a la esencia.

La desigualdad biológica entre hombres y mujeres es la causa más profunda de la división social. El desequilibrio sexual está en el origen del sistema de clases y no viceversa. La injusticia no está en lo público, sino en lo privado, de ahí el lema: Lo personal es político.

Sin embargo, en este feminismo cultural se incluyen también posturas que retornan a un esencialismo biologista, ya que sostienen que la sexualidad masculina es agresiva y potencialmente letal mientras que las mujeres son moralmente superiores a los hombres. En esa línea, Mary Daly fue una filósofa estadounidense que dio clase en el Boston College hasta que fue despedida por no aceptar estudiantes varones en sus clases.

El feminismo dialéctico es historicista. Es decir, para quienes lo profesan, el futuro no está abierto sino predeterminado. Así es que hablan de una primera, segunda y tercera ola de feminismo, entendiendo que son etapas que se van superando y no distintas maneras de considerar el problema. Sin embargo, el feminismo liberal y el dialéctico coexisten actualmente y evolucionan en forma simultánea, no es que uno sea prólogo del otro.

El feminismo al que llamo frívolo, trivial, novelero, a la moda o a veces “de conveniencia”, no tiene un marco teórico propio y no comporta un compromiso intelectual ni emocional. Tampoco es coherente con el comportamiento en la vida cotidiana.

Propone medidas compensatorias como las leyes de cuotas y del feminicidio, que suponen un retroceso en la igualdad ante la ley. El feminista frívolo no vive de acuerdo a lo que pregona. Habla al público en un lenguaje que pretende ser “inclusivo” pero resulta redundante y antiestético. Seguramente en su casa, cuando llama a comer a sus hijos, no dice cosas como “Niños, niñas y adolescentes, vengan todos y todas a la mesa”. Otro ejemplo es el PIT–CNT, adhiriendo a un paro por el día de la mujer, cuando su secretariado general está formado por 18 personas y los 18 son varones.

He procurado ser descriptiva pero seguramente los pacientes lectores que llegaron hasta aquí habrán advertido que me siento una feminista liberal. Considero que este feminismo no está superado sino que, por el contrario, tiene mucho camino por recorrer hacia el futuro. Es un camino que no es de lucha sino de crecimiento en armonía en la educación de hombres y mujeres.

 

Columna publicada en el Correo de los Viernes.

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