21 septiembre, 2019

A propósito de la candidatura de Ernesto Talvi

El Partido Colorado votó muy mal en las pasadas elecciones. Ninguna de las encuestas conocidas le asigna actualmente una intención de voto superior al 10% del electorado.
En estas condiciones, cabía suponer que la decisión de una persona respetada y prestigiosa, como Ernesto Talvi, de incorporarse a la actividad política en el Partido Colorado, iba a ser bien recibida por los colorados. Así fue, ciertamente, en lo que estimo que es la gran mayoría del partido. Aun muchos ciudadanos que no piensan votar por Talvi en las elecciones internas, se refieren a él con respeto y celebran su decisión de sumar su aporte al partido en momentos como los que vive nuestra colectividad.
Pero hubo también otras reacciones. Hay quienes atacan a Talvi diciendo que no es colorado ni batllista, que es un neoliberal recalcitrante y que quienes lo acompañamos merecemos poco menos que la excomunión por hacerlo.
No me interesan, ni interesan a la sociedad, los ataques personales; pero desde el punto de vista político, algunas precisiones parecen indispensables.
En primer lugar: hay que recordar que quien antes que nadie promovió la candidatura de Ernesto Talvi a la presidencia de la república, fue Jorge Batlle. No se entiende que entre quienes veneran su memoria haya quienes hablan de Talvi como si fuera la negación de los ideales que Jorge Batlle defendió, siendo que el propio Jorge eligió a Talvi como su abanderado.
En segundo lugar: hay quienes atacan la candidatura de Talvi desde el autoasignado papel de custodios y administradores de la ortodoxia batllista. Reapareció el «batllistómetro» que se esgrimió sin éxito contra Pedro Bordaberry, quien obtuvo más del 70% de los votos en dos elecciones internas consecutivas. Cabe señalar en este punto que dos dirigentes de indiscutible identidad batllista, como Julio María Sanguinetti y Tabaré Viera, ofrecieron generosamente su apoyo a la candidatura de Talvi, y que fue este quien rechazó los acuerdos con otros sectores del partido, antes de las elecciones internas. No se entiende que algunos -unos pocos, seguramente- de quienes habrían estado dispuestos a votar a Talvi si este hubiera aceptado el acuerdo con otros sectores, se refieran ahora a él como si fuera la encarnación del antibatllismo, simplemente porque no aceptó tales acuerdos.
Para ubicar ideológicamente a Talvi, nada mejor que escucharlo a él mismo. El discurso que pronunció el martes pasado en el club Larre Borges es bien claro en su definición «liberal y progresista». Fundó el liberalismo en conceptos políticos e institucionales, no económicos (sujeción de los gobernantes a la ley, separación de poderes, etc.); fundó el progresismo en el ideal de la igualdad de oportunidades en el punto de partida, que debe empezar a concretarse proveyendo educación pública de la mejor calidad, para todos. Se refirió al problema de la seguridad, poniendo énfasis en la necesidad de políticas públicas que combatan con eficacia la marginalidad social y cultural de la que brota la delincuencia. Abogó por trabajar en serio por la rehabilitación de los reclusos en los centros carcelarios, para abatir así los índices de reincidencia. ¿Dónde está el «antibatllismo» en todo esto?
Ayer, en un programa periodístico, le hicieron preguntas referidas a otros temas. En materia de empresas públicas dijo que no se trata de privatizar nada, sino de mejorar sustancialmente su gestión. Se manifestó a favor del funcionamiento de los Consejos de Salarios, y en contra de considerar la ocupación de los lugares de trabajo como una «extensión natural» del derecho de huelga. Vuelvo a preguntarme: ¿dónde está el «antibatllismo» en todo esto?
Es cierto, sin embargo, que el acto en el Larre Borges no apeló a la liturgia tradicional de los actos colorados. No hubo himnos, ni banderas, ni invocaciones a Batlle. Los colorados de siempre, los que formamos parte de ese 9% que votaría al Partido Colorado si las elecciones fueran el próximo domingo (u otro domingo cualquiera de cualquier otro año), echamos de menos los viejos símbolos; pero quizás los ciudadanos que integran el otro 91% de la población aprecien una propuesta política fundada en la razón, que convoca a todas las personas de buena voluntad, independientemente de sus orígenes partidarios. ¿A quiénes tenemos que dirigirnos: a los que ya estamos convencidos, o a quienes queremos convencer…?
«…Todos los que no están cegados por el prejuicio nos esperan…», decía don Pepe.
A ellos, a todos los que no están cegados por el prejuicio, va dirigida la propuesta de Ciudadanos.

UA-78784837-1