21 agosto, 2018

Es desmentido el relato de las patas cortas

Por Jorge E. Leiranes

Cuando el pasado 19 de abril -precisamente el día del Desembarco de los Treinta y Tres Orientales- la escritora María Urruzola lanzó el último de sus libros, volvió a ser desmentido, con sus revelaciones, el falso relato, que pretende hacer creer a las nuevas generaciones, que los Tupamaros fueron valerosos guerrilleros, que surgieron en la vida del país, para defender a la democracia del terrorismo de estado; y no como -lo que en realidad fueron- una organización criminal dispuesta a todo para usurpar el poder.

La publicación de las investigaciones -que le permiten a la autora aseverar que el movimiento terrorista, aún en democracia continuó con los robos a entidades financieras, para así solventar al MPP, su otro movimiento, el político- no puede, en este caso, como en otros, ser desacreditada por su origen. En esta ocasión no es creíble, adjudicar las confidencias, a mentes obsesivas y compulsivas de la derecha.

Como es sabido María Urruzola Peralta, militante de izquierda desde su juventud, exiliada en París durante la dictadura, comienza su actividad periodística en la agencia de noticias AFP. A su vuelta, se destaca por el trabajo periodístico free lancer, en prensa, radio y televisión. Publica sus audaces investigaciones en Brecha, escribe varios libros, e incursiona con éxito, como guionista. Entre 2007 y 2010 es directora del Información del MIDES, luego jefa de campaña de la candidata a la Intendencia, Ana Olivera, y a continuación directora de Información del quinto gobierno departamental del FA. Todo lo cual, impide, razonablemente, sospechar un sesgo ajeno al de la izquierda.

La noticia, lógicamente, estalló como una bomba de fragmentación en las manos de los decrépitos integrantes del MPP. Y aunque no debiera asombrarnos, la disonancia con las mentiras que han pretendido imponernos, volvió a zarandear las conciencias de los hombres y mujeres libres del país.

De tanto que han tejido relatos falaces, he llegado a convencerme que tiene razón nuestro amigo, el columnista de Búsqueda, Gustavo Toledo, cuando dice que esto que hemos estado resistiendo, es la posverdad, el neologismo tan en boga del que tanto hablan los analistas últimamente.

La voz, que fue entronizada el año pasado por el Oxford English Dictionary, como palabra del año, e incorporada en la Enciclopedia como la post-truth, o posverdad, es un arcaísmo que describe circunstancias en las que los hechos objetivos, influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal.                                                    

En cultura política se denomina política de la posverdad, a aquella en la que el debate se enmarca apelando a las emociones, desconectándose de los detalles de la política pública, y por la reiterada afirmación de puntos de discusión en los cuales, las réplicas fácticas (los hechos) son ignoradas.

Precisamente, eso es lo que antes de ser aceptado como palabra, ya habían pretendido acá, imponernos como verdad absoluta.

Sea la posverdad, o un falso relato, o un amasijo de mentiras -como le llama el propio Toledo- o como se le quiera llamar al dibujo engañoso de nuestra historia reciente, eso cabalmente, es lo que debemos destruir, para que vuelva a reinar entre nosotros, la verdad, y no otra cosa.

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