10 diciembre, 2018

Por quien lo venza con honor

Por Ope Pasquet

Hoy, 21 de mayo, se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de don José Batlle y Ordóñez. Don Pepe nació en 1856, fue presidente de la república en dos períodos (1903-1907 y 1911-1915) y gravitó decisivamente en la vida política nacional hasta su muerte, acaecida el 20 de octubre de 1929. Hasta el día de hoy, sus ideas y su obra son asunto polémico, pero nadie puede negar que fue el actor político más importante del siglo XX uruguayo.

Sobre la base del Partido Colorado del siglo XIX, Batlle y Ordóñez forjó un proyecto político profundamente renovador para su época. Su impacto en la vida del país fue enorme. Suscitó adhesiones fervorosas y antagonismos furibundos. El batllismo se constituyó en el eje del Partido Colorado y generó una tradición política riquísima en elementos emocionales e ideológicos que perduran hasta nuestros días. La estampa del “viejo Batlle” con su emblemático sobretodo, de pie en la puerta de su casa de Piedras Blancas, es todavía un símbolo vivo en la conciencia nacional.

Los batllistas no debemos permitir que ese pasado entrañable e imponente nos impida ver con claridad la realidad del presente y las demandas que plantea el porvenir. El porvenir, precisamente, era la obsesión de Batlle. Él nunca se sintió el albacea de la herencia colorada del siglo XIX, sino el hacedor de un tiempo nuevo; así pensó y así actuó, y por eso su obra fue lo que fue. La tarea principal de los batllistas, hoy, no es reivindicar el pasado, sino proponerle al país un futuro mejor, atractivo y realizable.

El Uruguay y el mundo cambiaron sustancialmente en los casi noventa años transcurridos desde la muerte de Batlle. No tendría sentido repetir hoy las propuestas de ayer -muchas de las cuales se concretaron en obras, además-, ni creer que es posible ponerse al día incrementando, simplemente, lo que se hizo hace cien años. Es preciso cambiar, corregir e innovar para ser auténticamente fieles al “porvenirismo” batllista.

Un tema clave para el país es el de su inserción económica internacional. En tiempos de don Pepe esa inserción estaba dada, era un dato de la realidad: exportábamos nuestros productos primarios a Europa, principalmente, e importábamos todo lo demás. Mientras no se afectara ese eje económico y comercial, había margen para proteger a la incipiente industria liviana nacional y sustituir importaciones. El batllismo de don Pepe -así como el de Luis Batlle- fue proteccionista. Hoy ya no es posible serlo: estamos todos de acuerdo en que, en un mundo de más de 7 mil millones de habitantes, innovación tecnológica incesante y globalización arrolladora, una economía pequeña como la uruguaya sólo puede crecer sostenidamente hacia afuera y compitiendo en los mercados internacionales.

La educación fue una prioridad para Batlle y lo sigue siendo hoy, para todos los uruguayos. Pero los problemas actuales no se solucionan solamente construyendo más escuelas, ni más liceos: tenemos que definir para qué educamos, qué queremos que aprendan nuestros muchachos, cómo pretendemos que egresen de cada ciclo educativo. Las respuestas a estas cuestiones están en el presente y en el futuro que logremos prever; no en el pasado.

Las empresas públicas son muy importantes en el Estado y en la economía del Uruguay; la población las siente como propias y como tales las defiende. El batllismo fue el gran promotor de su creación, y por eso mismo hoy tiene el deber de evaluar una experiencia nacional más que necesaria en la materia, proponiendo los correctivos y mejoras necesarios para que esas empresas apoyen a los sectores productivos y contribuyan al bienestar de la población, en vez de funcionar como agentes auxiliares de la DGI.

Han surgido problemas que a comienzos del siglo XX no existían: la contaminación en todas sus formas y la consiguiente necesidad de proteger el medio ambiente, por ejemplo. El batllismo podía plantearse como objetivo el desarrollo económico, sin preocuparse por el impacto ambiental de las nuevas industrias o las grandes obras públicas; está claro que hoy ya no es posible hacerlo. La cuestión ecológica interesa a sectores crecientes de la sociedad, y especialmente a los más jóvenes; la actitud que los partidos políticos adopten frente a ella ha pasado a ser un elemento importante de sus definiciones ideológicas y programáticas.

Cambiaron no solamente los problemas y desafíos que la sociedad enfrenta, sino la sociedad misma. En tiempos de don Pepe el país todavía recibía inmigrantes, principalmente europeos; la emigración ya existía, pero era marginal. La sociedad era joven, pujante y vital. Hoy, como todos sabemos, la situación es bien distinta. La inmigración es mínima y la emigración, con altibajos, es constante. Cada año nacen menos niños. El envejecimiento de la población es un dato con el que hay que contar.

Las relaciones entre la sociedad y el Estado han cambiado también. La sociedad es hoy mucho más demandante y exigente que hace cien años. La ciudadanía decretó hace rato la “tolerancia cero” para con el Estado y sus funcionarios. Los partidos políticos tienen que ser capaces de responder a las nuevas y perentorias exigencias cívicas de transparencia, honestidad, eficacia y responsabilidad, so pena de seguir perdiendo respeto y confianza.

Honremos la memoria y el legado de Batlle, pensando y trabajando para el porvenir. Y si en algún momento nos convencemos de que es necesario contrariar o corregir algo que él haya dicho o hecho, hagámoslo. Como en la despedida de Gorgias, de Rodó, el brindis no es por el Maestro, sino “por quien lo venza, con honor, en nosotros”.

 

Columna publicada en Montevideo Portal.

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